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Un cuento de Villa Blandita
Luma y la estrella que se escondió
En Villa Blandita, justo donde las nubes se detenían a descansar antes de continuar su viaje, vivía Luma.
Luma era amarillita, curiosa y llevaba una pequeña estrella junto a una de sus orejas. Casi siempre, aquella estrella brillaba con una luz cálida que hacía cosquillas en la nariz.
Cada noche subía hasta la Colina de los Sueños para encender los farolitos del camino.
«Buenas noches, flores», decía al encender el primero. «Buenas noches, piedrecitas», susurraba junto al segundo. Y a la luna siempre le deseaba dulces sueños.
Pero una tarde, cuando se preparaba para empezar, descubrió algo inesperado: su estrella no brillaba.
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Luma tocó la estrella con una patita. Nada.
La frotó con la manga. Nada de nada.
Dio tres saltitos, giró sobre sí misma y pronunció las palabras que usaba cuando algún farol se quedaba dormido: «¡Brillito, brillote, despierta de un bote!».
La estrella continuó apagada.
«¿Qué voy a hacer? Sin mi luz no podré encender los farolitos», murmuró.
Intentó esconder la estrella y salió con una pequeña linterna. Al llegar al primer farol apretó el botón. Clic. Las pilas se habían acabado.
Entonces sintió un nudo en la barriga.
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Miga apareció en la puerta de la panadería con harina en las mejillas y una bandeja de panecillos recién hechos.
«Mi estrella ha dejado de brillar», confesó Luma. «Y si no puedo iluminar el camino, quizá ya no sirva para mi tarea».
Miga dejó la bandeja sobre una mesa. «Una estrella apagada sigue siendo una estrella. Tal vez solo necesita descansar».
Más adelante encontraron a Chispa. Él juntó dos ramitas, sopló con mucho cuidado y produjo un destello diminuto.
¡Plic! El destello saltó hasta la estrella de Luma. Durante un segundo pareció que iba a funcionar, pero la estrella solo estornudó: «¡Achís!».
Y volvió a apagarse.
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Cuando Luma llegó al Observatorio de las Nubes, Nubi miraba el cielo a través del telescopio.
«Quizá tu brillo se haya marchado con las estrellas», dijo Nubi. «Podemos buscarlo juntas».
Observaron una estrella grande, una pequeña, una que parpadeaba y otra que parecía bailar. Pero ninguna era la luz de Luma.
La noche empezó a cubrir Villa Blandita. Los caminos se oscurecieron y los farolitos permanecieron apagados.
«He decepcionado a todos», susurró Luma mientras sus hombros caían un poquito.
Entonces escuchó unos pasos detrás de ella. Era Momo, que llevaba una cesta y caminaba muy despacio.
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«Pensé que quizá no debías recorrer el camino sola», dijo Momo.
Poco después llegó Pipo con una lámpara de papel. Nubi trajo una nube pequeña que reflejaba la luz de la luna. Chispa apareció con un frasco lleno de destellos y Miga, con una cesta de panecillos dorados.
«¿Qué significa todo esto?», preguntó Luma.
«Que esta noche encenderemos los faroles juntos», respondió Miga.
Pipo levantó su lámpara. Chispa abrió el frasco. Nubi colocó la nube sobre el camino. Momo tomó la patita de Luma.
Entre todos iluminaron el primer farol. Después el segundo. Y luego otro más.
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Luma caminaba entre sus amigos, pero todavía miraba al suelo.
«Ellos no deberían tener que hacer mi tarea», pensaba. «Yo tendría que ser capaz de brillar sola».
Al llegar al último farol encontraron una luciérnaga muy joven, acurrucada junto al sendero.
«Me he perdido», sollozó. «Y mi luz es tan pequeña que nadie puede verla».
Luma se agachó a su lado. «Yo tampoco tengo luz esta noche. ¿Quieres caminar con nosotros?».
La luciérnaga miró la estrella apagada. «¿Crees que volverá a encenderse?».
«No lo sé», respondió Luma.
La luciérnaga tomó su patita. La estrella siguió apagada y las dos regresaron al sendero junto a Momo.
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Cuando llegaron al último farol, Pipo levantó su lámpara. «¿Lo encendemos entre todos?».
Luma miró su estrella apagada, el farol y a sus amigos. «Esta noche no. Estoy cansada y quiero sentarme un rato».
Nadie intentó convencerla. Miga repartió los panecillos, Nubi apartó su nube, Chispa cerró el frasco de destellos y Momo hizo sitio en la manta.
«Pensé que, si mi estrella no brillaba, os había decepcionado», dijo Luma.
«Queríamos acompañarte», respondió Chispa. «No que demostraras nada».
La luciérnaga se acomodó junto a ella. El último farol permaneció apagado y la noche continuó alrededor de todos.
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Desde entonces, Luma no subía todas las tardes a la Colina de los Sueños.
Algunas noches su estrella brillaba muchísimo. Otras, apenas un poquito. Y algunas no se encendía.
Nunca encontraron una sola explicación, y Luma dejó de exigirse una respuesta antes de poder continuar.
A veces usaba las luces de sus amigos. A veces pedía compañía. Y otras dejaba algunos faroles para el día siguiente.
Antes de volver a casa, miraba hacia la luna y decía: «Buenas noches. Hoy hemos llegado hasta aquí».
En la Colina de los Sueños siempre había sitio para una luz encendida, una luz apagada y todo lo que ocurría entre las dos.