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Un cuento de Villa Blandita
Momo y el sitio vacío
Cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de las colinas, los Apretujables se reunían en un lugar tranquilo del Jardín Blandito.
Lo llamaban el Rincón de los Abrazos. Allí extendían una manta grande, encendían los farolitos y se sentaban juntos a contar cómo había ido el día.
Aquella tarde, Momo colocó seis tazas sobre una mesa bajita.
«Una para Nubi, una para Chispa, una para Miga, una para Pipo, una para Luma y una para mí».
Después volvió a contarlas con el dedo.
«Una, dos, tres, cuatro, cinco y seis. Ya está todo preparado».
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Chispa llegó contando que una chispa enorme había hecho volar la tapa de una caja.
«No pasó nada», explicó mientras señalaba el cielo con los brazos abiertos.
Miga apareció con una cesta de panecillos. Uno había quedado más tostado que los demás.
«Ese puede ser para mí», dijo Momo. «Me gustan los que crujen».
Luma llegó con varias hojas llenas de ideas. Nubi y Pipo se unieron un poco después.
Cuando estuvieron todos, Momo repartió las tazas y empezó su costumbre de cada tarde: uno hablaba y los demás escuchaban.
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Chispa habló de su enorme chispa. Nubi, de una nube oscura que solo dejó caer tres gotas. Miga contó lo del panecillo tostado y Pipo, lo del camino nuevo.
Luma enseñó el dibujo de una máquina que regaba las flores, encendía las luces y preparaba limonada al mismo tiempo.
Todos rieron.
Momo también sonrió, aunque llevaba toda la tarde pensando en otra cosa.
Entre Pipo y Luma había un espacio vacío. No era muy grande. Solo faltaba un cojín.
«¿Qué pasa?», preguntó Pipo.
Momo inclinó la cabeza. «Hoy encontré a alguien cerca del sendero».
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Momo les contó que había visto a un pequeño visitante sentado detrás de una piedra, mirando Villa Blandita desde lejos.
Momo se acercó despacio. «¿Quieres que me vaya o que me siente aquí?».
El visitante miró la piedra. «Quédate. Pero no me hagas preguntas todavía».
Momo se sentó dejando un pequeño espacio entre los dos.
Después de un rato, el visitante habló. Siempre llegaba tarde. Cuando encontraba un juego, ya había empezado. Cuando encontraba una conversación, todos estaban hablando. Y cuando buscaba dónde sentarse, ya no quedaba sitio.
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Todos miraron el espacio vacío.
Miga dejó allí un panecillo. «Podemos guardarle uno».
Luma apartó sus dibujos. «Y también podemos guardarle un lugar».
Pipo colocó un cojín sobre la manta. «Aunque llegue tarde».
Chispa se levantó de un salto.
«¡Vamos a buscarlo!».
Momo negó suavemente con la cabeza. «Le conté dónde estaríamos. Prefirió decidirlo él».
Nubi vio que Momo apretaba la taza entre las manos. «¿Y tú qué necesitas mientras esperamos?».
Momo lo pensó. «Que alguien se siente cerca y que no miremos el sendero todo el rato».
Pipo acercó su cojín. Chispa volvió a sentarse y la conversación continuó.
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Miga repartió los panecillos. Luma enseñó el dibujo de una flor gigante. Pipo contó que había escuchado cantar a un grillo.
Momo sostenía la taza entre las manos. Tener a Pipo cerca le ayudaba, aunque de vez en cuando volvía a mirar el sendero.
Pero el cojín seguía vacío.
Cuando los farolitos comenzaron a apagarse, Nubi suspiró. «Quizá no venga».
«Quizá no», respondió Momo. «Y siento un nudo porque quiero que encuentre el lugar».
Entonces se oyó un ruido muy pequeño al otro lado de los arbustos. Unos pasos avanzaban y volvían hacia atrás.
Momo no sabía si debía llamar al visitante.
«Aquí hay un sitio libre», dijo al fin. Después volvió a sostener la taza.
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El visitante se acercó despacio. Miró a Momo, luego a los demás y, por último, al cojín vacío.
«¿Ese sitio está guardado?», preguntó.
«Lo hemos dejado libre por si alguien lo necesita», respondió Momo.
El pequeño rozó el borde del cojín. «¿Puedo sentarme sin contar nada?».
«Sí», dijo Momo. «Yo tampoco tengo ganas de hablar ahora».
Pipo acercó el cojín y Miga le ofreció el panecillo más redondo.
Durante un rato, las voces continuaron alrededor de los dos. Nadie les pidió que llenaran su silencio.
Al cabo de unos minutos, el visitante mordió el panecillo. «Me llamo Tilo».
«Hola, Tilo», respondieron todos.
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A la tarde siguiente, Tilo volvió antes de que encendieran los farolitos.
Se sentó junto a Momo. Ninguno habló al principio.
Luma llegó con una historia y Pipo se acercó para escucharla.
Quedaba un cojín libre en el borde de la manta.
Momo se acomodó en el suyo. Aquella tarde también él necesitaba escuchar sin contar nada todavía.
Tilo no hizo preguntas. Se quedó a su lado.