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Un cuento de Villa Blandita
Nubi y la nube que no sabía qué ser
Nubi pasaba muchas tardes en el Observatorio de las Nubes.
Desde allí veía peces, montañas y hasta cucharitas de sopa aparecer y deshacerse en el cielo.
Aquella tarde, sin embargo, apenas había una nube a la vista.
Nubi acababa de ajustar el telescopio cuando una nubecita asomó detrás de la torre.
Era pequeña, tenía los bordes un poco grises y cambiaba de forma cada pocos segundos.
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La nubecita intentó convertirse en estrella. Después en elefante. Luego en un castillo con siete torres.
Cada forma duraba apenas un instante.
«No me sale», dijo. «Todas las nubes parecen saber qué son. Yo todavía no lo sé».
Nubi sintió un cosquilleo conocido en la barriga. A ella también se le llenaba la cabeza de preguntas cuando no sabía qué iba a ocurrir.
«¿Quieres que la miremos juntas?», preguntó.
La nubecita se acercó un poco al telescopio.
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Los amigos se tumbaron sobre la hierba para observar.
Miga vio un panecillo. Pipo, un barco. Luma descubrió una lámpara y Chispa, una enorme palomita de maíz.
Momo se acomodó junto a ellos. «Yo veo una almohada donde caben todos nuestros sueños».
La nubecita se estiró para mirar mejor.
«¿Cuál de todas esas formas es la verdadera?», preguntó.
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Nubi acercó un ojo al telescopio y guardó silencio un momento.
«No lo sé», respondió al fin.
Después preguntó: «¿Qué está pasando ahora mismo?».
«El viento me mueve y mi forma cambia».
«¿Y qué has empezado a imaginar?».
La nubecita encogió sus bordes. «Que, si no elijo una forma, quizá deje de ser una nube».
Nubi apartó un cojín para hacerle sitio. «Podemos quedarnos con esa pregunta un rato».
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El viento la alargó, la hizo redonda y después la separó en dos partes pequeñas.
«Ahora parece una ballena», dijo Luma.
«A mí me recuerda a dos calcetines», añadió Chispa.
La nubecita observó sus bordes. Una parte seguía gris y otra se había vuelto rosa con la luz del atardecer.
«Sigo sin saber cuál de todas es mi forma».
«Yo sigo viendo muchas», respondió Nubi.
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Cuando el sol empezó a esconderse, la nubecita se preparó para continuar su viaje.
«Todavía no sé qué forma tendré mañana».
«Yo tampoco sé si volveremos a encontrarnos», dijo Nubi.
La nubecita permaneció quieta un instante. «¿Mirarás por el telescopio por si paso otra vez?».
«Sí. Y, aunque no sepa si eres tú, seguiré mirando».
La nube se alejó despacio, cambiando de forma con cada ráfaga.
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Cuando la nubecita se perdió entre las colinas, Nubi siguió junto al telescopio.
Un pensamiento apareció en su cabeza: «¿Y si se pierde?».
A través del cristal veía una nube viajando con el viento. En su imaginación, en cambio, la veía sola y sin saber por dónde continuar.
Nubi buscó a Momo en el jardín. «¿Te quedas conmigo un rato?».
Momo se sentó a su lado. No encontraron una respuesta. Se quedaron mirando hasta que se encendieron los farolitos.
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A la tarde siguiente, una nube cruzó el cielo sobre el observatorio.
Podía ser la misma. También podía ser otra.
Las dos posibilidades flotaron un momento en la cabeza de Nubi.
Nubi hizo sitio en el cojín, ajustó el telescopio y llamó a sus amigos.
«Venid a mirar conmigo».
Sobre Villa Blandita, el cielo siguió cambiando.